El pasado domingo 23 de Septiembre, una vez más, cuando aún no había salido ni un rayo de luz, entre el silencio de la mañana, y con una temperatura cálida, se escuchaban pasos por el Alpargate, sus hijos iban a buscarlo, en silencio, con cariño, con sobriedad.
Las primeras emociones afloraban al bajar al Señor de su peana, todo el que podía arrimaba su fuerza y su agudeza, es un momento íntimo y estimado, aunque sí es cierto, que causa susurros y cosquillas, pues al bajarlo de ahí, Él está en nuestras manos, como si de un recién nacido se tratase, y esa es una carga muy grande, pues no son pocos los que lo veneran y necesitan del apoyo del Señor, a través de esa maravillosa imagen.
Tan solo eran las siete de la mañana, cuando avanzando con paso enérgico y a un ritmo ligero, sobre los toscos adoquines de la calzada, el Santísimo Cristo de Gracia, ya estaba en la calle, y como no podía ser de otra manera, los flases y cámaras se disparaban vertiginosamente, buscando una imagen única. Lo cargamos a hombros, para trasladarlo de nuevo, al convento de la Encarnación y allí ser velado día y noche, por nuestras queridas hermanas cistercienses, durante varios días, hasta que sea trasladado a la Santa Iglesia Catedral para poderlo colocar en su paso.
No podíamos olvidar, la cantidad de personas que lo acompañaron y como según avanzaba el camino se iba incorporando más gente. Calle San Pablo, Capitulares, encaminando hacía Ambrosio de Morales, donde las primeras exhalaciones de luz acariciaban su rostro, a veces debían girar su cruz, pues su gran tamaño hacía complicado su paso por las pequeñas calles. Llegando al convento las hermanas lo esperaban con alegría, dejándolo situado ante el altar para la Eucaristía que íbamos a tener allí, gozando antes, de un tiempo para orar con Él y acompañarlo en aquel maravilloso marco. Cuando todo quedo más tranquilo, en aquellos instantes, una de las hermanas, preparaba para la Misa el altar y otra nos pedía, desde la clausura, que le pusiéramos unas ramitas de esparraguera con tres esplendidos jazmines a los pies de la cruz, siendo el culmen, de los pequeños detalles, que tanto llegan al corazón, si eres capaz de apreciarlos. Para terminar una mañana, que no nos dejó indiferentes, participamos de la Eucarística en el
El nerviosismo se palpaba en el aire, era el preludio de algo que está por venir, todos queríamos que salga bien pero, sobre todo, queríamos sentir ya ese día, de nuevo una imagen para la retina, de la que no se conservan recuerdos, pues el Señor de Gracia, iba a ir solo en su paso.
Por suerte, si vives esto como hermano, solo puedes decir que es magnánimo y hermosísimo, pero si además lo vives cerca de gente joven, que jamás pensaron que participarían de algo así y que van dándose cuenta de lo que realmente les ha tocado ver, no hay palabras para explicarlo. Y si lo vives desde fuera, estoy segura de que el Cristo de Gracia, con sus hermanos, serán capaces, de despertar a la Gracia que llevan en su interior, los habitantes de esta ciudad.
Pues como bien dijo nuestro Hermano Mayor D. Ricardo Rojas, al finalizar la Eucarística: “el Señor nos ha escogido a nosotros para estar aquí en este momento”, una reflexión que, no podría explicar mejor, lo honrados que nos sentimos, de poder haber vivido este IV Centenario, así, como poder haber sido de los que han trabajado para engrandecer al Santísimo Cristo de Gracia.
